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Los riesgos de dejar todo en manos de la inteligencia artificial

por Rocio Diaz
AI Robots

Con cada día que pasa la inteligencia artificial parece hacerse cada vez más poderosa y frecuente, demostrando su superioridad sobre su contraparte humana en tareas tan disímiles como jugar ajedrez, encontrar a Wally o diagnóstico de tumores cerebrales.



Cierto es que la inteligencia artificial es un invento humano que se desarrolla justamente a partir de input humano, y partiendo de este hecho podría decirse que sus habilidades y capacidades son un reflejo de las nuestras, razón por la que esta tecnología es capaz de reproducir pinturas, identificar patrones y cocinar una hamburguesa de su cuenta en cinco minutos, con ingredientes frescos.

No cabe duda de la utilidad de la inteligencia artificial a la hora de buscar una palabra o dato entre miles de libros y se aprecia la ayuda que esta podría brindar a médicos a la hora de hacer diagnósticos más precisos y oportunos, pero no siempre será esta tecnología la panacea a nuestros problemas del día a día.

A modo de ejemplo está el tema de los vehículos autónomos, un concepto que depende fuertemente de cámaras, sensores y, por supuesto, inteligencia artificial. Si algo se ha demostrado es que estos sistemas autónomos no son perfectos, llegando a causar accidentes en más de una ocasión, tanto en ambientes de prueba como en la vida real. Especialmente llamativos resultan los casos que involucran la función autopiloto de Tesla, la cual, pese al nombre, no es del todo autónoma y no está tampoco supuesta a sustituir totalmente el buen juicio o atención del conductor.

Uno de los problemas asociados a la autonomía y la inteligencia artificial es la facilidad con la que nosotros, los humanos, nos desentendemos de la situación y dejamos que sea la tecnología la que efectivamente se haga cargo. Es una realidad que se ha visto en más de una ocasión, y no solo en cuestiones de vehículos: en tareas más mundanas, como la filtración de contenidos, se da el caso con mucha más frecuencia.

Para ilustrar este último punto basta ver el tema de las “fake news” que tanto denuncia el presidente de los Estados Unidos. Facebook y otras plataformas se valen de inteligencia artificial para combatir el fenómeno, pero hasta ahora los resultados han sido menos que satisfactorios. Lo mismo ocurre con esos sistemas que intentan clasificar, filtrar o bloquear comentarios ofensivos: basta con con cambiar la composición de una palabra o agregar un signo ortográfico de manera estratégica para burlar los controles y salirse con la suya.

Otro problema de la inteligencia artificial es la facilidad con la que puede usarse indebidamente, ya sea mediante hackeos malintencionados o mediante desarrollos que pueden salirse de las manos, como es el caso de tecnología que transfiere los gestos faciales de una persona a otra sin siquiera tenerlas de frente o físicamente presentes.

Las implicaciones de esto último, sobre todo en el contexto de las omnipresentes “fake news”, es justamente una facilidad impresionante de manipular video y contribuir a la desinformación que de por sí nos domina. No en vano se le ha llamado a esos avances “Deepfakes”, lo que traduciría a “falsos profundos”. La profundidad aquí viene dada por la técnica conocida como Deep Learning, parte fundamental de la inteligencia artificial.

¿Cómo será nuestro futuro? ¿Será la inteligencia artificial más una desventaja que un beneficio? Solo el tiempo responderá estas preguntas. De momento, y en atención a los avances y la dirección que llevan las cosas, hay al menos un proyecto diseñado para combatir el fenómeno.