Las cosas de OpenAI siguen moviéndose rápido, como de costumbre. La empresa, uno de los nombres centrales en la actual fiebre de la inteligencia artificial, no solo mantiene presencia en espacios como el Foro Económico Mundial de Davos, sino que al mismo tiempo empuja varias iniciativas que ayudan a entender hacia dónde quiere llevar su ecosistema.
Hay al menos tres temas alrededor de OpenAI que llaman la atención en estos días. El primero tiene que ver con hardware. La compañía mantiene planes para lanzar su primer wearable —un “compañero de IA”— durante el segundo semestre de 2026. No es una sorpresa total: la idea viene alineada con la adquisición, el año pasado, de IO, la startup fundada por Jony Ive, exjefe de diseño de Apple. Aun así, sigue siendo un paso importante para una empresa que hasta ahora ha vivido casi exclusivamente en el software.
No existen detalles oficiales sobre este dispositivo, pero los rumores apuntan a algo cercano a unos audífonos inteligentes, sin pantalla, pensados para acompañar al usuario de forma permanente. Internamente el proyecto se conoce como Sweet Pea y, según reportes de la prensa asiática, OpenAI estaría apuntando a vender entre 40 y 50 millones de unidades en su primer año. La cifra no es menor, aunque se entiende mejor cuando se toma en cuenta que la plataforma ya ronda los 800 millones de usuarios activos por semana.
La idea de una “IA física” no es nueva. Ya hubo intentos como Humane AI Pin, que terminó siendo un fracaso, Rabbit, que sigue luchando por justificar su existencia, o Friend AI, más recordado por su cuestionada publicidad que por el producto en sí. Aun así, que OpenAI apueste por este formato valida, en cierto modo, propuestas similares como Project Maxwell de Motorola, presentado en el CES 2026. A medida que la gente se acostumbra a convivir con herramientas de IA de forma constante, también crece la aceptación de dispositivos diseñados para llevarse encima, incluso si eso implica prescindir por completo de una pantalla.
El segundo frente tiene que ver con la edad. OpenAI ya está desplegando un sistema de predicción etaria para ajustar la experiencia de ChatGPT según el perfil del usuario. El objetivo es limitar la exposición de menores de 18 años a contenidos o temas potencialmente dañinos para su bienestar. Para estimar la edad no se recurre a un único dato, sino a una combinación de señales: antigüedad de la cuenta, patrones de uso, horarios de actividad y la edad declarada al momento del registro.
Si un adulto es clasificado erróneamente como menor, puede iniciar un reclamo enviando un selfie a través de Persona, con el fin de verificar que su apariencia coincide con la edad que declara. Es un enfoque que mezcla automatización y verificación manual, y que inevitablemente vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre privacidad, errores algorítmicos y dependencia excesiva de la IA para resolver problemas complejos.
El tercer tema es, quizás, el más incómodo: la llegada de anuncios a ChatGPT. OpenAI ya empezó a mostrar publicidad en la versión gratuita y en la suscripción más básica, la de ocho dólares mensuales. Las versiones Plus (20 dólares), Pro (200 dólares) y Business permanecerán libres de anuncios.
Resulta irónico si se toma en cuenta que Sam Altman ha manifestado en más de una ocasión su aversión a la publicidad. Pero los números explican el giro. Para 2026, OpenAI proyecta pérdidas cercanas a los 14 mil millones de dólares. Actualmente, la compañía destina alrededor del 57 % de sus ingresos a gastos operativos y se estima que entre 2029 y 2030 habrá invertido unos 115 mil millones de dólares antes de alcanzar rentabilidad. Solo en infraestructura de IA, el gasto proyectado para los próximos años ronda los 1.4 billones de dólares.
Los anuncios afectarán principalmente a usuarios gratuitos, que representan cerca del 90 % de esos 800 millones de usuarios activos semanales, así como a quienes pagan la suscripción más económica. Las cuentas identificadas como pertenecientes a menores de edad no verán publicidad, ni tampoco anuncios relacionados con temas sensibles como salud mental. OpenAI asegura, además, que estos anuncios estarán claramente identificados y aparecerán debajo de las respuestas, integrados de forma contextual a lo que se esté haciendo en la plataforma.
En conjunto, estas tres movidas dibujan un panorama claro: OpenAI ya no es solo una empresa de modelos de lenguaje. Está tanteando hardware, afinando controles de uso y, guste o no, adoptando modelos de monetización más tradicionales. Señales claras de que la etapa experimental quedó atrás y que ahora toca hacer que todo esto sea sostenible.






