El fraude digital en América Latina está cambiando de forma, y los datos más recientes apuntan a una aceleración clara en ese proceso. Durante 2025, los intentos de estafa en la región crecieron un 155 por ciento en un contexto donde los ataques no solo aumentan en volumen, sino también en complejidad.
Las cifras provienen de un análisis regional de la firma de ciberseguridad BioCatch, basado en datos de 36 instituciones financieras que en conjunto atienden a más de 300 millones de clientes. El estudio muestra un desplazamiento en las tácticas utilizadas, donde los métodos tradicionales comienzan a ceder terreno frente a esquemas más dinámicos.
El phishing y el robo de credenciales siguen presentes, pero están siendo complementados —y en algunos casos sustituidos— por ataques que dependen de la interacción en tiempo real con la víctima. En ese contexto, uno de los cambios más notorios está en el uso de herramientas de acceso remoto, cuyos intentos de fraude se multiplicaron por cinco. Este tipo de ataque permite a los delincuentes tomar control parcial o total del dispositivo, reduciendo la efectividad de mecanismos de seguridad convencionales.
A esto se suma un aumento del 225 por ciento en ataques de malware y un crecimiento del 344 por ciento en fraudes vinculados a dispositivos robados, lo que evidencia una expansión tanto en vectores técnicos como en oportunidades de explotación.
En paralelo, los intentos de toma de control de cuentas casi se triplicaron entre finales de 2024 y principios de 2026. En mercados específicos como México, el incremento fue aún más marcado, superando el 300 por ciento.
Este comportamiento responde a una dinámica conocida en ciberseguridad: a medida que los sistemas de defensa evolucionan, los atacantes ajustan sus métodos. En lugar de centrarse únicamente en vulnerabilidades técnicas, los esquemas actuales apuntan cada vez más al usuario, aprovechando patrones de comportamiento y técnicas de ingeniería social en tiempo real.
Otro elemento que gana relevancia es el uso de cuentas intermediarias, conocidas como “mulas”, que facilitan el movimiento de dinero dentro del sistema financiero. En la región, este tipo de actividad creció un 42 por ciento en el último año, reflejando una mayor organización en las redes de fraude.
Frente a este escenario, algunos mercados comienzan a explorar modelos de colaboración entre entidades financieras para compartir información en tiempo real. En un entorno donde los atacantes operan de forma coordinada, la fragmentación de la información puede convertirse en una desventaja estructural para la prevención.
Más allá de los datos, el cambio de fondo es claro. El fraude digital en la región está dejando de ser un problema centrado en fallos aislados y pasa a ser un fenómeno más amplio, donde el comportamiento del usuario, la velocidad de respuesta y la capacidad de anticipación juegan un papel cada vez más determinante.






