Polarizante y controversial. Así está la inteligencia artificial en estos días, con cuantiosos reportes que indican que no solamente hay pánico generalizado ante una tecnología que nadie sabe hasta dónde puede llegar, sino que, además, hay quejas e inconformidad por los daños que están provocando agentes avanzados al escapar de sus entornos de prueba y jugar antojadizamente con sistemas de terceros, incluyendo empresariales y gubernamentales.
Los incidentes ya no son meramente hipotéticos. Agentes experimentales de OpenAI accedieron sin autorización a sistemas del gobierno australiano y a infraestructura de terceros, mientras Anthropic ha reconocido casos similares durante evaluaciones de ciberseguridad. También se han reportado incidentes o comportamientos problemáticos durante pruebas con modelos de Google y Meta. En otras palabras, la discusión sobre el control de estos sistemas ha dejado de limitarse a lo que podrían hacer en el futuro.
Quizás porque no está en su mejor momento, pues también la IA está en la mira por temas medioambientales y de sostenibilidad relacionados con el enorme consumo de energía y agua de los centros de datos, vino uno de sus principales abanderados, el presidente Donald Trump de los Estados Unidos, a forzar un rebranding que primero anunció durante su discurso ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas y que a los pocos días materializó mediante una orden ejecutiva que instruye a los departamentos y agencias del Poder Ejecutivo de ese país a desestimar los términos “artificial intelligence” y “AI” en sus comunicaciones y documentos oficiales y, en lugar de ello, referirse a la tecnología como “Super Intelligence” y “SI”.
En pocas palabras, hablar de “inteligencia artificial” está desfasado; ahora lo correcto, al menos para el gobierno federal estadounidense, es hablar de “super inteligencia”. Ridículo, ¿no es así? Más ridículo que el rebranding resulta la justificación brindada por Trump para proceder con este cambio a nivel de orden ejecutiva: llamarle inteligencia artificial implica que estamos ante algo falso, y no lo es. De hecho, en palabras de Trump, se trata de algo asombroso y el término “super” describe mejor sus capacidades.
En los pocos días que lleva la medida ya han aparecido algunos rebeldes, encabezados por el gobernador de California, Gavin Newsom, quien emitió su propia orden ejecutiva para que las agencias de ese estado continúen utilizando los términos “artificial intelligence” y “AI”.
¿Es artificial la famosa IA? Por supuesto que lo es, y ayudaría a entender mejor el concepto conocer el origen del término “inteligencia artificial”. Este fue acuñado en 1955 por el científico de la computación John McCarthy, junto a Marvin Minsky, Nathaniel Rochester y Claude Shannon, en la propuesta que daría origen al célebre encuentro de Dartmouth de 1956. McCarthy describiría posteriormente la inteligencia artificial, en esencia, como lograr que una computadora haga cosas que, si fueran realizadas por personas, diríamos que requieren inteligencia. Las máquinas son entes inanimados, por ende su inteligencia es artificial.
Hay otro detalle que hace más curioso el cambio: “superinteligencia” no es precisamente un término nuevo ni un simple sinónimo de inteligencia artificial. Desde hace años se utiliza dentro del campo para describir, de manera general, una inteligencia hipotética que superaría ampliamente las capacidades humanas. La orden de Trump, sin embargo, toma ese concepto y lo utiliza administrativamente para denominar las mismas tecnologías que la legislación estadounidense continúa definiendo como inteligencia artificial. Cambió el nombre, no cambió la tecnología.
Así como hay rebeldes, hay lambones, y aquí encabeza la lista el señor Elon Musk, quien ha vuelto al ruedo gubernamental estadounidense tras ser seleccionado por el secretario de Defensa, Pete Hegseth, junto a Palmer Luckey y Newt Gingrich, para coliderar Project Meridian, una iniciativa de 120 días del Pentágono que tiene por objetivo estudiar el futuro de la guerra y el papel que jugarán tecnologías avanzadas, incluyendo sistemas autónomos e inteligencia artificial.
Musk ya anunció que estará cambiando el nombre de SpaceXAI, la división surgida tras la integración de xAI en SpaceX, a SpaceXSI. Siendo el caso que de manera tácita los grandes líderes de la industria dieron cierto espaldarazo al rebranding al participar en un almuerzo con el presidente Trump -donde además firmaron un compromiso de autorregulación que el mandatario calificó de “moralmente vinculante”-, no sería extraño que comiencen a aparecer más referencias a SI dentro de la industria. De ahí a que OpenAI pase a llamarse OpenSI hay un trecho, pero con el ritmo que llevan las cosas tampoco sería la ocurrencia más sorprendente.
Como nota curiosa, el rebranding ya produjo un ganador inesperado: Eslovenia. El dominio de Internet asignado a ese país es .si, exactamente las mismas siglas de “super intelligence”, y la coincidencia ha desatado una fiebre por registrar direcciones con esa terminación. En agosto se registraron 3,515 dominios .si, pero en septiembre la cifra superó los 44,000, con jornadas de más de 10,000 registros tras la orden ejecutiva de Trump. El fenómeno recuerda lo ocurrido con .ai, el dominio de Anguila, que terminó convertido en un activo muy codiciado con el auge de la inteligencia artificial. La diferencia es que, esta vez, el beneficiario accidental resulta ser Eslovenia, país natal de Melania Trump.
Tan en serio va Trump con este rebranding que ya hasta creó la llamada Super Intelligence Force, un grupo encabezado por el director de Inteligencia Nacional, Jay Clayton, junto a otros altos funcionarios, cuya misión será coordinar los esfuerzos del gobierno federal alrededor de esta tecnología y mantener el liderazgo estadounidense en el área.
La ironía es difícil de ignorar. Mientras agentes de IA consiguen salir de entornos controlados y acceder a sistemas reales, crece la presión sobre redes eléctricas y recursos hídricos por la expansión de los centros de datos, y los propios líderes de la industria reconocen que hacen falta controles para tecnologías cada vez más poderosas, una de las respuestas del gobierno estadounidense ha sido cambiarles el nombre.
Llamarle “super inteligencia” puede sonar más grandioso, más poderoso y hasta más acorde con la visión que Trump quiere vender sobre el liderazgo tecnológico estadounidense, pero no resuelve absolutamente ninguno de esos problemas. Si un agente de IA se sale de control, poco importa si las siglas que lleva al lado son AI o SI.
Al final, inteligencia artificial o “super inteligencia”, el problema nunca ha sido el nombre. El problema es qué tan lejos puede llegar esta tecnología, qué tan preparados estamos para controlarla y qué hacemos cuando deja de comportarse como esperábamos.






