A inicios de la semana, una noticia sacudió el tablero tecnológico: Apple anunció una alianza multianual con Google en materia de inteligencia artificial, un terreno en el que el fabricante del iPhone ha llegado tarde y, hasta ahora, con propuestas limitadas.
Todavía es pronto para conocer el alcance real del acuerdo, pero el impacto inmediato fue claro en los mercados. El anuncio impulsó a Alphabet, matriz de Google, a superar momentáneamente la barrera de los 4 billones de dólares en valor de mercado. Con ello, Alphabet se convirtió en la cuarta empresa en alcanzar ese umbral, después de Nvidia, Apple y Microsoft. Estas dos últimas, de hecho, ya se encuentran nuevamente por debajo de ese nivel, una muestra más de lo volátil y caprichoso que puede ser el mercado.
Sobre el acuerdo en sí, los detalles siguen siendo escasos. Lo que se ha confirmado es que Siri, en el contexto de Apple Intelligence, estará impulsada por Gemini, el modelo de inteligencia artificial de Google. Y aquí hay un punto clave: Google atraviesa un momento particularmente sólido en este campo, con avances que hoy muchos consideran superiores a los de OpenAI, que hasta hace poco era visto como el referente indiscutible del sector.
De acuerdo con reportes de medios como Bloomberg, Apple estaría pagando alrededor de mil millones de dólares anuales a Google por el derecho a integrar su tecnología de inteligencia artificial en su ecosistema. Para Google, esto no solo representa ingresos directos, sino también una oportunidad de visibilidad sin precedentes al integrarse en la experiencia de millones de usuarios de Apple.
Los análisis apuntan a que uno de los grandes perdedores de esta alianza sería OpenAI. Cuando Apple presentó inicialmente Apple Intelligence, OpenAI aparecía como su socio principal, en un momento en que la compañía gozaba de liderazgo técnico y de percepción pública. Google, por el contrario, atravesaba una etapa incómoda, marcada por demostraciones fallidas y cuestionamientos sobre su capacidad real para competir en inteligencia artificial. Hoy, ese panorama parece haberse invertido.
En el caso de Apple, persiste el debate sobre su aparente rezago en inteligencia artificial. No está del todo claro si se trata de una decisión estratégica consciente o de limitaciones reales para competir de tú a tú en este mercado. Históricamente, Apple no ha sido la primera en adoptar tecnologías emergentes. Su patrón ha sido esperar a que maduren, para luego presentar versiones más pulidas e integradas a su ecosistema.
También entra en juego el tema de privacidad. Apple ha construido buena parte de su discurso sobre la protección de los datos de sus usuarios, y la inteligencia artificial plantea retos importantes en ese frente. Depender de socios consolidados, con infraestructura propia y experiencia en escalabilidad, puede ser una forma de avanzar sin comprometer —al menos en teoría— esos principios.
Aquí Google tiene una ventaja clara frente a OpenAI. Su ecosistema es más amplio y completo, con infraestructura en la nube, hardware propio y chips diseñados específicamente para cargas de inteligencia artificial. Esto permite a Apple mantener una mayor distancia entre los datos de sus usuarios y el entrenamiento de modelos externos, algo que encaja mejor con su narrativa de control y seguridad.
Más que una alianza técnica, lo anunciado esta semana parece un movimiento estratégico. Apple gana tiempo y capacidades; Google gana dinero, presencia y legitimidad; y OpenAI queda en una posición incómoda, viendo cómo uno de sus socios más visibles gira hacia otro lado.






