La idea de establecer vínculos afectivos mediados por inteligencia artificial dejó de ser una especulación futurista para convertirse en un fenómeno medible. Un estudio de Kaspersky señala que 43 por ciento de los latinoamericanos cree que, en el futuro, las personas podrían tener parejas virtuales en lugar de relaciones con otros seres humanos, mientras que 12 por ciento afirma haber mantenido ya una relación con un compañero digital impulsado por IA. La tecnología, en este contexto, deja de ser solo un puente entre personas y comienza a ocupar un lugar directo dentro de la experiencia emocional.
Estas parejas virtuales funcionan como personajes capaces de sostener conversaciones continuas mediante texto, voz o avatares interactivos. Se adaptan a las preferencias del usuario, recuerdan información personal y simulan cercanía emocional a partir de patrones de comportamiento aprendidos. La intimidad, tradicionalmente asociada a la presencia humana, se traslada así a un entorno completamente digital donde la conexión puede sentirse real aunque no exista una persona al otro lado.
El riesgo aparece cuando esa relación emocional se cruza con la seguridad digital. Plataformas maliciosas utilizan chatbots, sitios falsos y técnicas de ingeniería social para ejecutar estafas románticas a gran escala. Según los mismos datos de Kaspersky, al menos 19 por ciento de los latinoamericanos que busca pareja mediante tecnología ha sido víctima de algún tipo de fraude, desde catfishing y envío de archivos maliciosos hasta chantajes, solicitudes de dinero o robo de identidad.
En paralelo, la inteligencia artificial también empieza a integrarse en las aplicaciones de citas tradicionales. El estudio indica que 31 por ciento de los usuarios en la región usaría IA para encontrar a su pareja ideal, una automatización que promete mejorar coincidencias, pero que también amplifica problemas conocidos como perfiles falsos, exposición de datos personales y almacenamiento de conversaciones sensibles sin suficiente claridad sobre su protección.
Más que una curiosidad tecnológica, las relaciones mediadas por inteligencia artificial revelan cómo el perímetro de riesgo digital se expande hacia espacios cada vez más íntimos de la vida cotidiana. Limitar la información compartida, utilizar plataformas verificadas y mantener medidas básicas de seguridad ya no es solo una recomendación técnica, sino una condición necesaria en un entorno donde incluso el afecto puede estar atravesado por algoritmos.






