Llevamos casi cuatro años bajo el imparable influjo de la inteligencia artificial, y si algo hemos tenido que aprender a la fuerza durante este tiempo es que la «inteligencia» que exhiben estos sistemas es producto de un entrenamiento continuo alimentado por datos recolectados dondequiera que aparezcan, a veces de maneras poco ortodoxas y para nada convencionales.
Si bien es cierto que internet, en todo su conjunto, es la fuente por excelencia para alimentar sistemas de IA, hay una realidad de la que ninguna de estas compañías escapa: el material se está haciendo cada vez más escaso, sobre todo en lo que respecta a texto. Parte del problema es que la producción de material nuevo y de calidad, libre de la intervención de la IA, escasea desde finales de 2022. Esto no es casual y coincide con la repentina llegada de ChatGPT en noviembre de ese año. A partir de ese momento, todos sabemos lo que ha pasado.
Se viene advirtiendo desde hace más de un año que, de seguir las cosas como van, la IA terminará alimentándose enteramente de ella misma, y eso supone un escenario complicado en términos de veracidad de los datos, precisión de la información y calidad del material base. Si a esto sumamos el hecho de que la gente se ha vuelto vaga, precisamente por el influjo de la IA, podemos concluir que no vamos por buen camino.
Como se requieren sistemas de IA capaces de comunicarse bien, con sentimiento, entonación y un uso correcto del lenguaje más allá de una simple secuencia lógica, compañías como Anthropic han puesto la mirada en los libros para entrenar sus modelos, específicamente en obras publicadas antes de 2022.
Parece una movida lógica, pero aquí empieza una tremenda controversia que bien pudiera calificarse de barbarie contra el mundo. Anthropic y otras compañías no están recurriendo a libros electrónicos o digitales para este entrenamiento, sino que están destruyendo libros físicos como una forma de evitar conflictos de copyright con los autores de las obras.
Como si se tratara de una versión moderna de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, Anthropic, en particular, se ha dado a la tarea de comprar libros físicos por montones a través de Project Panama para someterlos a un proceso de escaneo rápido y posterior desecho que implica arrancarles el lomo y causarles otros daños irreversibles. Al final, cada ejemplar es triturado para no dejar rastro.
¿Se justifica mutilar y eliminar millones de libros solo para complacer los caprichos de la industria de la IA? Desde el punto de vista legal, sí. Bajo la doctrina de fair use, traducida como uso legítimo o razonable, lo que hace Anthropic con Project Panama califica como un acto transformacional que no vulnera los derechos de autor.
Estos actos de transformación, por supuesto, acarrean consecuencias y abren el debate en diferentes niveles. Esta práctica puede echar a perder para siempre libros muy antiguos y títulos escasos, privando así a la humanidad de un valioso patrimonio literario y cultural.
Pocas cosas han sido tan incisivas y destructivas como la inteligencia artificial. Esta tecnología no solo está provocando una crisis laboral a nivel global y socavando el rol del ser humano en el mundo; también está acabando con toda clase de recursos, desde agua y energía hasta el patrimonio literario y cultural. ¿Cuándo será que abriremos los ojos ante la fea realidad que estamos viviendo?






