Cuando se habla de transferencia tecnológica, es fácil pensar en universidades, centros de investigación o grandes proyectos de innovación. Sin embargo, una parte importante de este proceso ocurre dentro de las industrias. La llegada al país de nuevos procesos productivos y conocimientos especializados exige que el talento local aprenda metodologías y adopte estándares cada vez más avanzados.
Las zonas francas dominicanas ofrecen un buen escenario para observar este fenómeno. La evolución hacia actividades de mayor complejidad ha abierto espacio a áreas como dispositivos médicos, manufactura de precisión, electrónica y logística avanzada. Son industrias que requieren personal capaz de trabajar con procesos especializados y responder a exigencias internacionales de calidad, productividad y cumplimiento.
Ahí la transferencia tecnológica adquiere una dimensión que suele pasar desapercibida. Una empresa puede importar una máquina, pero también necesita transferir el conocimiento para integrarla a un proceso productivo, operarla, mantenerla y garantizar determinados resultados. A eso se suman metodologías de trabajo, controles de calidad, ingeniería y gestión de procesos que terminan incorporándose a la experiencia profesional de los trabajadores.
Bela Szabó Padilla, presidente ejecutivo de Zona Franca Las Américas (ZFLA), señala que este proceso ha permitido desarrollar en República Dominicana competencias técnicas que hace dos décadas prácticamente no existían. El planteamiento resulta relevante porque lleva parte de la conversación sobre zonas francas más allá de las cifras tradicionales de empleos y exportaciones, hacia el conocimiento que permanece en el país como consecuencia de esas operaciones.
El sector de dispositivos médicos permite verlo con claridad. República Dominicana es actualmente el tercer exportador de estos productos de América Latina y, de acuerdo con Szabó Padilla, esta industria genera 2,250 millones de dólares en exportaciones y representa cerca del 31 por ciento de las exportaciones de zonas francas. Detrás de esas cifras hay operaciones sometidas a estándares internacionales y trabajadores dominicanos que deben desarrollar las competencias necesarias para responder a ellos.
El reto está en conseguir que esa demanda de conocimiento tenga una conexión cada vez más estrecha con el sistema educativo. ZFLA mantiene relaciones de colaboración con ITLA, INFOTEP, UNAPEC y PUCMM para formación, pasantías, inserción laboral y educación continuada. Este tipo de vínculo entre empresas y centros de formación permite acercar las competencias que se enseñan a las necesidades que están surgiendo en industrias especializadas. En el caso de ZFLA, además, la edad promedio de sus trabajadores es de 27.4 años, una fuerza laboral relativamente joven con margen para seguir desarrollando y trasladando esas capacidades a lo largo de su vida profesional.
Este componente merece mayor atención al evaluar el impacto tecnológico de las zonas francas dominicanas. Atraer industrias de mayor valor agregado tiene sentido en la medida en que también contribuya a elevar las capacidades disponibles en el país. La infraestructura, las máquinas y las inversiones pertenecen a las empresas; las competencias desarrolladas por profesionales y técnicos dominicanos tienen la posibilidad de trascenderlas.
Ahí puede estar uno de los aportes más interesantes de este modelo para el desarrollo tecnológico nacional. Una máquina eventualmente queda obsoleta y una línea de producción puede trasladarse, pero el conocimiento adquirido por las personas puede moverse, evolucionar y multiplicarse. Convertir esa transferencia en una capacidad cada vez más amplia del talento dominicano es lo que puede generar valor mucho después de que una inversión específica haya llegado al país.






