Dos palabras bastaron para que Julian Assange volviera a llamar la atención: “I’m back”. El fundador de WikiLeaks reapareció en X el pasado 17 de septiembre y posteriormente aclaró que llevaba ocho años sin publicar personalmente en la plataforma, pues su cuenta había quedado en manos de su campaña de defensa. Todavía no sabemos qué pretende hacer con este regreso, pero hablamos de una de las figuras que mejor representa el enorme poder que adquirió la información con Internet.
Assange fundó WikiLeaks en 2006, pero su nombre explotó mundialmente en 2010 con la publicación de cientos de miles de documentos militares relacionados con las guerras de Irak y Afganistán, cables diplomáticos estadounidenses y el famoso video Collateral Murder. Buena parte del material procedía de Chelsea Manning, entonces analista de inteligencia del Ejército de Estados Unidos, quien aprovechó su acceso a sistemas militares para copiar y entregar a WikiLeaks enormes cantidades de información clasificada. El episodio mostró algo que hoy damos por sentado: una sola persona podía sacar cantidades gigantescas de información y ponerlas al alcance del mundo a través de Internet.
Ese mismo 2010 empezó otra parte de la historia. Assange quedó bajo investigación en Suecia por acusaciones de delitos sexuales, incluida una presunta violación, que siempre negó. Suecia solicitó su extradición desde Reino Unido y, tras perder la batalla judicial para impedirla, en 2012 entró en la embajada de Ecuador en Londres y solicitó asilo. Assange sostenía que su traslado a Suecia podía abrir posteriormente la puerta a una extradición hacia Estados Unidos por las publicaciones de WikiLeaks.
Ecuador le concedió asilo y Assange permaneció casi siete años dentro de la embajada, mientras Reino Unido mantenía que sería detenido si salía por haber incumplido las condiciones de su libertad bajo fianza. El extraño limbo terminó en 2019, cuando Ecuador retiró el asilo y la policía británica lo arrestó. La investigación sueca fue finalmente archivada ese mismo año y Assange nunca fue juzgado ni condenado por aquellas acusaciones.
Su salida de la embajada tampoco significó libertad. Assange terminó en la prisión de máxima seguridad de Belmarsh mientras Estados Unidos intentaba extraditarlo. Washington llegó a presentar 18 cargos relacionados con la obtención y publicación de información clasificada, buena parte bajo la Ley de Espionaje, alimentando durante años una discusión sobre secretos de Estado, seguridad nacional y los límites de la actividad periodística.
El esperado juicio estadounidense nunca ocurrió. En junio de 2024 Assange alcanzó un acuerdo con el Departamento de Justicia y se declaró culpable de un cargo de conspiración para obtener y divulgar ilegalmente información clasificada relacionada con la defensa nacional. Fue sentenciado a 62 meses, equivalentes al tiempo que ya había pasado detenido en Reino Unido, recuperó su libertad y regresó a Australia.
Chelsea Manning sirve además de puente hacia otra figura inevitable en esta historia: Edward Snowden. Tres años después de las grandes publicaciones de WikiLeaks, Snowden reveló a periodistas documentos sobre los programas de vigilancia de la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense, NSA. Las filtraciones fueron diferentes y Snowden no entregó originalmente sus documentos a WikiLeaks, pero la organización entró directamente en escena cuando comenzó su huida. Sarah Harrison, colaboradora cercana de Assange, acompañó a Snowden desde Hong Kong hasta Moscú y lo asistió mientras buscaba asilo.
Manning, Assange y Snowden terminaron vinculados a una misma discusión sobre tecnología, información, vigilancia y poder. Manning mostró cuánto podía extraerse desde dentro de un sistema; WikiLeaks, la capacidad de Internet para distribuirlo globalmente; Snowden, hasta dónde había llegado la tecnología utilizada por los propios Estados para vigilar y recopilar información.
Por eso importa el regreso de Assange. Todavía no sabemos si ese “I’m back” anticipa nuevas publicaciones, alguna actividad vinculada a WikiLeaks o simplemente una presencia pública más activa. Assange regresa, además, a un entorno muy diferente al que sacudió en 2010: inteligencia artificial, reconocimiento facial, vigilancia algorítmica y una recopilación de datos a una escala todavía mayor.
Dos palabras han bastado para poner nuevamente su nombre sobre la mesa. Ahora falta saber qué piensa hacer.






