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¿De verdad queremos computadoras en la cara?

La industria tecnológica lleva años buscando qué viene después del smartphone, y cada vez hay más señales de que las gafas quieren ocupar ese lugar. Google está preparando una nueva generación de gafas con Gemini, mientras Meta insiste con una categoría en la que ya acumula millones de usuarios. La idea parece sencilla: si sacar el teléfono del bolsillo supone una fricción, pongamos la computadora directamente frente a nuestros ojos.

Solo hay un problema, y se resume en que las gafas inteligentes, para hacer todo lo que promete la industria, necesitan ver, escuchar y recopilar información del entorno. En entorni, por supuesto, incluye a todas las personas que rodean a quien las lleva puestas.

Google Glass convirtió ese temor en un problema muy real. Presentadas en 2012 y puestas en manos de los primeros usuarios al año siguiente, aquellas gafas llevaban una cámara sobre el rostro y permitían tomar fotos o grabar sin sacar un teléfono. La reacción fue feroz. Hubo establecimientos que prohibieron su uso y hasta surgió el término despectivo “Glasshole” para algunos de sus usuarios. Google descubrió que poner una computadora en la cara de alguien implicaba convencer también a todo el que estuviera frente a ella.

Curiosamente, Snap evitó buena parte de esa reacción cuando lanzó sus primeras Spectacles en 2016. Eran deliberadamente llamativas, sus cámaras resultaban fáciles de identificar y el producto estaba asociado a Snapchat y a la grabación de pequeños videos desde la perspectiva del usuario. Tampoco se presentaban como una computadora destinada a acompañarnos durante todo el día. Tenían una función bastante clara y limitada.

Ahora estamos nuevamente en ese terreno, solo que la tecnología ha avanzado muchísimo. Meta ofrece gafas capaces de tomar fotografías, grabar video, escuchar comandos y utilizar inteligencia artificial para interpretar lo que está viendo el usuario. La propia compañía considera las gafas el dispositivo ideal para tener un asistente de IA durante todo el día que pueda entender el mundo desde nuestra perspectiva.

Precisamente ahí regresan las preocupaciones. Un smartphone también puede grabarnos, pero normalmente vemos cuando alguien levanta el teléfono y apunta la cámara. Con unas gafas resulta mucho más difícil saber qué está haciendo la persona que tenemos enfrente. Puede estar simplemente mirando, tomando una fotografía, grabando o utilizando un sistema de IA para interpretar aquello que observa. Meta utiliza una luz para indicar cuándo se captura contenido y ha incorporado mecanismos para impedir el uso de la cámara cuando esa señal es bloqueada, una muestra bastante clara de que el problema existe.

Mientras todo esto ocurre, DuckDuckGo decidió responder de una manera mucho más sencilla: vendiendo gafas que no hacen absolutamente nada.

La compañía, especializada en privacidad online, se asoció con Knockaround para lanzar unas gafas de sol de 35 dólares sin cámaras, micrófonos, inteligencia artificial ni electrónica. Son unas gafas normales, y precisamente ahí está el chiste. La campaña las promociona destacando todas las cosas que no pueden hacer, convirtiendo la ausencia de tecnología en su principal característica. Las primeras unidades se agotaron y ahora se aceptan pedidos para una nueva entrega.

La jugada resulta especialmente interesante por el mensaje que encierra. Hemos llegado a un punto en el que vender un objeto cotidiano sin sensores, conexión permanente ni inteligencia artificial puede presentarse como una novedad. DuckDuckGo está aprovechando el momento para promocionar su discurso de privacidad, obviamente, pero la broma funciona porque existe un cansancio real detrás de ella.

Tampoco es la primera vez que aparece algo parecido. En 2014 surgió NoPhone, básicamente un pedazo de plástico con el tamaño y la forma de un smartphone. No tenía pantalla, cámara, llamadas, Bluetooth ni prácticamente nada que pudiera asociarse con un teléfono. Sus creadores lo plantearon como una alternativa tecnológica sin tecnología para combatir esa necesidad casi compulsiva de tener el celular permanentemente en la mano.

NoPhone era una parodia, pero también señalaba un comportamiento que para entonces ya resultaba evidente. Más de una década después seguimos buscando maneras de reducir distracciones, limitar notificaciones, controlar el tiempo frente a las pantallas y recuperar espacios en los que el smartphone no tenga que estar presente.

Ahí está la contradicción interesante de este momento tecnológico. Por un lado, aparecen productos e iniciativas que intentan ayudarnos a escapar de hábitos creados durante años alrededor del smartphone. Por otro, las grandes tecnológicas trabajan para colocar cámaras, micrófonos e inteligencia artificial todavía más cerca de nosotros, directamente sobre nuestra cara.

Las gafas tienen una ventaja enorme como posible sucesor del smartphone. Están exactamente donde una computadora necesita estar para ver lo que vemos, escuchar lo que escuchamos y ofrecernos información inmediatamente. Ya ni siquiera habría que desarrollar el reflejo de sacar el teléfono del bolsillo porque la tecnología estaría funcionando frente a nuestros ojos.

Quizás por eso también generan tanta resistencia. Después de años intentando controlar nuestra dependencia del smartphone, la propuesta para sustituirlo parece ser un dispositivo todavía más difícil de apartar. DuckDuckGo puede estar haciendo una campaña publicitaria y NoPhone pudo parecer una ocurrencia absurda en 2014, pero ambos terminan planteando una pregunta que adquiere cada vez más sentido: ¿de verdad necesitamos que cada objeto que usamos se convierta en una computadora?

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AUTORA

ROCIO DIAZ

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