Durante los últimos dos años, Suno y Udio se convirtieron en dos de los mayores referentes de la inteligencia artificial aplicada a la música. Bastaba escribir unas cuantas líneas para obtener una canción completa, con voz, instrumentos y una producción sorprendentemente convincente. La reacción inicial fue de asombro. La pregunta incómoda vino después: ¿de dónde aprendieron a hacer todo eso?
Desde el principio hubo sospechas de que estos modelos habían sido entrenados con enormes catálogos de música protegida por derechos de autor. Las empresas detrás de ambas plataformas defendían que el entrenamiento de modelos de IA constituye un uso legítimo del material disponible, mientras que artistas y discográficas sostenían exactamente lo contrario: que nadie puede aprender de millones de obras ajenas sin pedir permiso cuando el resultado termina convirtiéndose en un producto comercial.
Esta semana ocurrieron dos hechos que vuelven mucho más interesante esa discusión.
El primero involucra a Suno. Una filtración dejó al descubierto parte de su código interno y documentación técnica. Entre los archivos aparecen referencias a procesos de recopilación de canciones y letras provenientes de plataformas como YouTube Music, Deezer y Genius, entre otras fuentes utilizadas para alimentar el modelo. Suno respondió que el material filtrado corresponde principalmente a código antiguo y que el incidente no comprometió información sensible de sus usuarios. Sin embargo, la documentación ofrece una de las primeras miradas internas sobre cómo pudo construirse uno de estos sistemas.
El segundo caso tiene como protagonista a Udio. Sony presentó una nueva demanda tras asegurar que, mediante técnicas de huella de audio y el análisis de información obtenida durante el proceso judicial, identificó más de 30 mil canciones de su catálogo que habrían sido utilizadas para entrenar la plataforma sin autorización. Universal y Warner optaron por llegar a acuerdos de licenciamiento con Udio, pero Sony decidió continuar la batalla en los tribunales.
Vistos por separado, ambos casos son relevantes, pero juntos resultan aún más reveladores. La filtración de Suno y la nueva ofensiva judicial contra Udio alimentan una misma pregunta: ¿se está empezando a demostrar lo que durante dos años solo eran sospechas?
Lo que ocurra a partir de ahora irá mucho más allá de estas dos plataformas. Si los tribunales concluyen que el entrenamiento de modelos con obras protegidas requiere autorización expresa, buena parte de la industria de la inteligencia artificial tendrá que replantear la forma en que obtiene los datos con los que aprende. Si ocurre lo contrario, el precedente también será enorme, porque redefiniría el equilibrio entre innovación tecnológica y derechos de autor.
La inteligencia artificial seguirá componiendo música, eso no se pone en duda. La gran pregunta es si podrá hacerlo utilizando el trabajo de otros sin que exista una licencia de por medio.






