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La próxima crisis en ciberseguridad podría llegar con los parches

Durante años hablamos de ciberseguridad pensando en ataques, ransomware, robo de datos o campañas de phishing. Sin embargo, el próximo gran desafío podría no estar en los atacantes, sino en la capacidad de las organizaciones para mantenerse al día con los parches de seguridad.

La razón es sencilla. La inteligencia artificial ya no solo sirve para escribir código o automatizar tareas. También puede analizar millones de líneas de programación en busca de errores y vulnerabilidades a una velocidad imposible para un ser humano. Lo que antes podía tomar semanas o meses a un investigador especializado, ahora puede ocurrir en cuestión de horas. Eso significa que el número de vulnerabilidades descubiertas crecerá de forma acelerada y, con ellas, también la cantidad de actualizaciones que habrá que aplicar para mantener los sistemas protegidos.

El problema es que la velocidad del descubrimiento no coincide con la velocidad de respuesta de las organizaciones. Según FortiGuard Labs, el tiempo que transcurre entre la divulgación de una vulnerabilidad crítica y el inicio de su explotación activa se redujo a apenas entre 24 y 48 horas. En 2023 ese promedio era de 4.76 días. La inteligencia artificial también está acelerando la creación y el perfeccionamiento de exploits, por lo que los procesos tradicionales de actualización difícilmente puedan seguir ese ritmo.

Los datos disponibles muestran una brecha preocupante. El Instituto Ponemon estima que una organización tarda, en promedio, 16 días en corregir una vulnerabilidad crítica una vez identificada. Es decir, los atacantes pueden actuar entre ocho y dieciséis veces más rápido. A esto se suma que el 74 por ciento de las organizaciones reconoce que no logra aplicar los parches a tiempo por falta de personal, mientras que el 60 por ciento de las empresas que sufrió una brecha de seguridad admite que el incidente ocurrió a través de una vulnerabilidad conocida cuyo parche ya estaba disponible, pero nunca fue instalado.

El cuello de botella tampoco está únicamente en la disponibilidad de las actualizaciones. Cada parche implica pruebas, coordinación entre equipos, aprobación del negocio y una ventana de mantenimiento que muchas veces obliga a detener servicios o aplicaciones críticas. Si la cantidad de vulnerabilidades se multiplica, también lo hará la cantidad de intervenciones necesarias. En algún momento, simplemente no habrá suficientes ventanas de mantenimiento para atenderlas todas.

Frente a ese escenario cobra fuerza un concepto que probablemente comenzará a escucharse con mucha mayor frecuencia: el virtual patching. En lugar de modificar inmediatamente el código vulnerable, esta técnica implementa medidas de protección en la red, las aplicaciones o los equipos para bloquear la explotación de la falla mientras llega el momento adecuado para instalar el parche definitivo. De esa forma es posible reducir significativamente el riesgo sin interrumpir la operación del negocio.

Otro dato interesante ayuda a poner el problema en perspectiva. FortiGuard Labs observó que apenas el 0.7 por ciento de las vulnerabilidades registradas en los endpoints está siendo explotado activamente. Eso significa que el objetivo no debería ser aplicar miles de parches de manera indiscriminada, sino identificar rápidamente cuáles representan un riesgo real y priorizar esas mitigaciones inmediatas, mientras el resto sigue el ciclo normal de mantenimiento. El monitoreo continuo termina siendo una pieza esencial para verificar que esas medidas temporales siguen siendo efectivas.

La estrategia propuesta también combina varias capas de protección. Un sistema de prevención de intrusiones (IPS) puede desplegar contramedidas poco después de que se divulga una vulnerabilidad. Un firewall de aplicaciones web (WAF) protege aplicaciones y APIs expuestas a Internet, mientras que los mecanismos de prevención de explotación en los endpoints ayudan a bloquear ataques directamente en los equipos. La diferencia, según Fortinet, no está únicamente en disponer de estas tecnologías, sino en administrarlas como una plataforma integrada que comparta inteligencia y coordine la respuesta de forma centralizada.

A esto se suma el enfoque de confianza cero o Zero Trust. Si el virtual patching compra tiempo, Zero Trust reduce el impacto potencial de una vulnerabilidad. Tecnologías como ZTNA limitan el acceso únicamente a usuarios verificados y la microsegmentación evita que un atacante pueda desplazarse libremente dentro de la red si logra comprometer un sistema. En otras palabras, incluso cuando existe una vulnerabilidad pendiente de corregir, el alcance del ataque puede mantenerse bajo control.

Todo esto apunta a un cambio importante en la forma de gestionar la ciberseguridad. Durante años el objetivo fue instalar los parches lo más rápido posible. Ahora comienza a perfilarse un escenario en el que será imposible corregir inmediatamente todas las vulnerabilidades que aparecerán. La prioridad pasará a ser cuáles deben mitigarse primero, cómo reducir la superficie de exposición y qué herramientas permiten mantener la operación protegida mientras llegan las ventanas adecuadas para realizar las actualizaciones definitivas.

La cantidad de vulnerabilidades seguirá creciendo a medida que la inteligencia artificial acelere su descubrimiento. El desafío estará en responder con la misma rapidez y priorizar qué corregir primero. Gonzalo García, vicepresidente de Ventas para Fortinet Sudamérica, considera que ese cambio obligará a las organizaciones a complementar el parcheo tradicional con mecanismos de mitigación que reduzcan la exposición mientras se completan las actualizaciones.

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AUTORA

ROCIO DIAZ

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