Lo queramos o no, vivimos en un mundo dominado por la IA, y eso no pinta tan bueno como pudiera pensarse. Basta con mirar alrededor para darnos cuenta de lo que encierra esta realidad: crisis laboral que se expande por todo el mundo, sustitución del ingenio por creaciones artificiales que se basan en los trabajos de otros, crisis de credibilidad y un estado permanente de confusión que no se sabe a dónde vaya a parar.
Este es el panorama actual que enfrenta el mundo, y si bien los efectos son mucho más marcados en países altamente desarrollados, es solo cuestión de tiempo que se repliquen como una epidemia por el resto del globo terráqueo. Al final, cuando la IA logre arropar todo, no habrá país ajeno a sus efectos, tanto a nivel laboral como social, económico y medioambiental.
Sí, la IA todo infiltra y todo lo afecta, pero todavía hay oportunidad de dar marcha atrás. A las voces que llevan algún tiempo advirtiendo el apocalipsis que se aproxima y que denuncian los planes poco auspiciosos de la oligarquía tecnológica se suma ahora un jugador poco probable pero que pudiera tener un peso importante: la Iglesia Católica.
De la Iglesia podemos decir lo que queramos: que es hipócrita, que es corrupta, que ha perdido influencia a lo largo del tiempo. Aun así, estamos hablando de una congregación de 1.4 mil millones de personas representadas por un Papa que, al menos esta vez, está muy en sintonía con lo que está pasando y no está dispuesto a simplemente quedarse de brazos cruzados.
Este lunes 25 de mayo el Papa León XIV presentó su primera encíclica bajo el título «Magnifica Humanitas». El título literalmente traduce a «humanidad magnífica» y el contenido es una crítica directa a la forma en que actualmente se desarrolla, aplica y maneja todo este tema de la IA, desde su uso cada vez mayor en guerras hasta los efectos directos sobre una humanidad cuyo legado y supervivencia peligran ante el dominio de un invento salido de su propio ingenio.
El documento también hace alusión a la esclavitud, no solo a aquella que fue permitida y encubierta por la propia Iglesia Católica, sino a la esclavitud moderna a la que estamos todos sometidos por vía de recursos digitales y la omnipresente IA. El llamado es a desarmar la inteligencia artificial para proteger a la humanidad de un destino poco digno que poco a poco va materializándose.
Quizás la denuncia más fuerte contenida en la encíclica papal es la lucha de poder en que se ha convertido la IA, un hecho que está a la vista de todos y que tiene protagonistas identificables: Sam Altman, Elon Musk, OpenAI, Estados Unidos, China, Microsoft, Google y un largo etcétera. Es una realidad que las compañías detrás del desarrollo de la IA reciben presiones comerciales, personales y geopolíticas, tal como afirmó Christopher Olah, uno de los cofundadores de Anthropic.
Olah, que estuvo entre los presentes al momento del Papa lanzar la encíclica, considera que el desarrollo de la IA no puede dejarse únicamente en manos de compañías, sino que tiene que haber vigilancia de parte de líderes religiosos, gobiernos y la sociedad en conjunto. Estas declaraciones van alineadas al enfoque ético y cauteloso que ha definido a Anthropic, el cual dista años luz de aquel que define a OpenAI.
El mensaje es claro: la humanidad es magnífica, y muestra de ello es el ingenio que le ha permitido no solo subsistir por miles de años, sino progresar y evolucionar a un estadio tan avanzado que pone en peligro su misma esencia. Permitir que la IA nos domine y nos supere sería un flaco servicio a nosotros mismos.






