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Todos somos víctimas de la tecnología

por Rocio Diaz
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Vivimos rodeados de tecnología, y son muchas las cosas que resolvemos fácilmente por esa vía, pero… no todo es color de rosa.

La misma tecnología que nos sirve para comunicarnos prácticamente de gratis y sin ataduras nos mantiene en un estado permanente de ansiedad y desasosiego.

Desde que WhatsApp y demás plataformas de mensajería entraron a nuestras vidas, ya no hay horas libres. No hay límites ni protocolos que impidan mandar un mensaje a la hora que sea, sobre el tema que sea, con las consecuencias que ya conocemos.

Entre esas consecuencias se dan fenómenos tan curiosos como el de la nomofobia, que es literalmente una fobia a no tener con nosotros el móvil. Este miedo irracional se combina con FOMO, las siglas de “Fear Of Missing Out”, lo cual describe el miedo a perdernos de algo por no estar pedientes 24/7 a las redes sociales.

Sí. La tecnología, sobre todo esta que mencionamos aquí, puese ser tan útil como dañina, y si bien es bastante malo el estar atosigado todo el día por una pantalla, hay un aspecto aún peor del que no siempre nos damos cuenta.

WhatsApp, Telegram y demás servicios suelen ser “gratuitos”, y eso es algo que a la mayoría de la gente le agrada, pero es un problema que cada cierto tiempo nos saca la lengua.

Al tratarse de servicios “gratuitos”, suele ser el caso que el soporte al cliente es inexistente. Este es un mal típico de la época en que nos ha tocado vivir, donde la mayoría de los servicios son digitales y automatizados.

Como parte de esa modernidad que representan, así de digital y automatizado es el “servicio al cliente”. En teoría, esto funciona muy bien… hasta que fallan las cosas en la práctica.

Ninguna de estas cosas es realmente gratis

Como estamos rodeados de hackers y vulnerabilidades, la mayoría de estos servicios requiere de algún tipo de verificación para su activación. Usualmente esta consta de un código que es enviado a través de mensajería SMS o al correo electrónico. También, aunque no es quizás lo más común, puede indicarse este código a través de una llamada.

Lo mencionado en el párrafo anterior luce algo muy simple, un proceso que, si acaso, tomaría unos minutos completar. Pero, ¿qué pasa si el código de verificación no llega? ¿A quién le escribo? ¿A quién le llamo?

Es aquí donde nos damos cuenta del tremendo fallo de un modus operandi que nosotros mismos hemos validado en nuestro afán de obtener servicios de gratis. Telegram, por ejemplo, no ofrece número de contacto, y así ocurre con muchas otras.

Si a esas peticiones electrónicas se les diera seguimiento, no habría problema, pero en la práctica las cosas no son tan fluidas. Hay veces que mandamos correos electrónicos a la dirección indicada, sin que haya respuesta. Al no obtener respuesta, tratamos otras vías. Puede ser que mandemos un mensaje directo por Twitter o, quizás, ofrecen algún formulario. Al cabo de unos días, seguimos sin respuesta. ¿Y entonces?

Esta es la desgracia de toda esta tecnología “fácil” que nos rodea. Atento a que es algo “gratuito”, está implícto que el soporte será prácticamente inexistente.

Tiene lógica, pero hay un problema. WhatsApp, Telegram, Facebook y demás no son gratuitas como nos quieren hacer creer. Lo cierto es que pagamos un precio muy alto por usar estos servicios, y este es que cedemos nuestra data y nuestras vidas para que se nos explote sin obtener beneficios reales.

La próxima vez que un servicio se anuncie como “gratuito”, dale mente.