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Social Media Jail

Redes sociales y menores de edad: un problema sin solución fácil

Desde ansiedad y presión de grupo hasta adicción pura y simple, las redes sociales han sido acusadas a lo largo de los años de provocar una serie de males que terminan afectando directamente la salud mental de los usuarios.

La evidencia indica que, de todos los grupos demográficos que utilizan activamente estos recursos, el más susceptible a estos efectos nocivos es el comprendido por adolescentes y preadolescentes. Esta es la razón por la que existen restricciones de edad en la mayoría de estas plataformas, así como un conjunto de políticas y salvaguardas orientadas a ofrecer una experiencia más sana y adecuada a estos usuarios vulnerables. Es también la razón por la que existen versiones de algunas redes sociales dirigidas exclusivamente a niños, aun cuando estos experimentos no siempre han funcionado del todo.

¿Qué exactamente hace a las redes sociales tan dañinas? La respuesta no es tan sencilla como señalar un elemento u otro. Hay que verlo por partes. Por un lado, estas plataformas están diseñadas para mantener a la gente enganchada durante horas, con impacto directo sobre la productividad, la calidad del sueño y la salud ocular. Por otro, más allá de compartir imágenes, videos y otros contenidos, la gente ha optado con el paso del tiempo por darles un uso indebido, convirtiéndolas en campos minados de chismes, acusaciones, insultos y una falta de respeto generalizada que desdice mucho del objetivo inicial de estas plataformas.

Tampoco podemos obviar un problema inherente a las redes sociales: dependen de la gente y de sus datos para crecer y mantenerse relevantes. Este detalle constituye una de las mayores controversias que rodean toda la experiencia, sobre todo cuando se analiza desde la óptica del oportunismo, la ética, la seguridad y la privacidad.

Habiendo dicho esto, las redes sociales por sí solas no son ni malas ni buenas si analizamos la cuestión desde el punto de vista de que cada cual es responsable del uso que les da. Después de todo, nadie está obligado a tener una cuenta activa, a compartir cada detalle de su vida o a enfrascarse en conflictos improductivos por esa vía. Aun así, existe evidencia de sobra que apunta a efectos nocivos reales que están causando estragos, sobre todo entre las generaciones más jóvenes.

El hecho de que exista un vínculo directo entre redes sociales y daños a la salud mental de los jóvenes ha llevado a autoridades en países como Australia a imponer prohibiciones de acceso a menores de 16 años. Recientemente, una decisión similar fue tomada en Reino Unido.

Pautada para entrar en vigencia en la primavera de 2027, la prohibición en Reino Unido afecta a las principales redes sociales: Instagram, YouTube, Snapchat, Facebook, TikTok y X. Sus representantes no han tardado en criticar la medida, señalando que la misma no resuelve nada y, peor aún, deja la puerta abierta para que esos menores de 16 años exploren otros sitios potencialmente menos seguros.

Lo que está ocurriendo en Reino Unido deja en el aire una serie de preguntas de carácter global: ¿realmente resuelve algo imponer controles de edad a estas plataformas? ¿Hay forma de controlar lo que ocurre en redes sociales? ¿Hasta dónde es responsable la compañía de lo que allí ocurra? ¿Qué hay de la responsabilidad del usuario? Y en el caso de los menores de edad, ¿dónde están los padres?

La triste realidad es que resulta imposible monitorear y filtrar todo lo que ocurre en redes sociales. Donde estas compañías podrían hacer algo es en el diseño y en la forma en que funcionan los algoritmos, y hasta eso podría hacer muy poca diferencia porque estos recursos ya están demasiado integrados en el día a día. El control de edad es, quizás, la medida menos efectiva, porque existen decenas de formas de engañar a los sistemas, incluso si emplean inteligencia artificial para tales fines. Hay VPN y otras formas ingeniosas de pasar por encima de estas restricciones.

¿En qué quedamos entonces? Al final del día, las plataformas tienen responsabilidad sobre el producto que diseñan y los padres sobre el acompañamiento de sus hijos, pero ninguna regulación resolverá por sí sola un problema tan complejo. Quizás el mundo era mejor antes de la llegada de estos recursos, pero poco ganamos romantizando el pasado cuando esta es la realidad que nos toca vivir. Solo nos queda aprender a utilizarlos de forma más inteligente.

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AUTORA

ROCIO DIAZ

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