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Tecnología invasiva en tiempos de COVID-19

por Rocio Diaz
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La pandemia por COVID-19 no solo ha llevado a implementar esquemas de teletrabajo y de virtualización de la educación, sino que, además, ha llevado a la adopción de tecnologías invasivas para intentar mantener un mínimo de control sobre empleados y estudiantes.



Por tecnologías invasivas nos referimos a programas de vigilancia diseñados para detectar anomalías en el comportamiento y movimientos del usuario que pudieran indicar holgazanería o bajo nivel de productividad en el caso de trabajadores remotos, mientras que en el caso de estudiantes detectaría posibles intentos de fraude al tomar exámenes.

Soluciones de vigilancia o supervisión de este tipo no son nada nuevo, pero, hasta hace poco, era común referirse a estas como software de espionaje y asociarse su uso a casos de parejas celosas. Con la pandemia, las cosas han cambiado, y el uso  -guardando algunas diferencias según el contexto en que se apliquen- se ha vuelto algo normal y hasta justificado en entornos laborales y educativos.

En el caso de estudiantes, las soluciones usan sensores diversos para enfocarse en el movimiento de ojos, la frecuencia de tecleo, patrones de uso del mouse y otras variables que se comparan con una media establecida en base al comportamiento del conjunto de compañeros del estudiante para detectar desviaciones y así presentar un reporte de posible alerta de comportamiento fraudulento que deberá ser evaluado por el supervisor designado (el profesor, usualmente) para decidir el curso de acción de a tomar.

La tecnología es fantástica y puede ser de gran ayuda, pero, ¿hasta qué punto debe permitirse a soluciones potencialmente invasivas como estas incidir en el día a día? Es difícil defenderse de lo que un algoritmo decida calificar como “anormal” o “sospechoso”, sobre todo cuando estamos en un ambiente tan poco controlado como el hogar, donde, usualmente, convive más gente y no hay las condiciones óptimas que típicamente encontraríamos en una oficina o salón de clases.

Estos programas de tecnología avanzada y sofisticada no toman en cuenta perfil socioeconómico o demográfico a la hora de reportar comportamientos anormales o de simplemente cerrar el paso a recursos por un tema de fallos en autenticación. Este último ocurre sobre todo con aquellos programas de que se valen de reconocimiento facial para los fines, una herramienta que no es tan idónea a la hora de trabajar con pieles oscuras o con baja iluminación.

¿Es justo que estemos sometidos a lo que decida una tecnología programada para actuar en base a promedios y programación de terceros? Esto es tan solo una de muchas consecuencias derivadas de una pandemia que nos obliga a mantener distancia y en donde todo está sufriendo un proceso de transformación implacable.

En el largo plazo, una de dos cosas pudieran suceder: o la gente se rebela masivamente y le busca la vuelta al sistema, señalando de paso la insostenibilidad a través del tiempo de esos esquemas, o nos acostumbramos y damos un paso más hacia una sociedad distópica donde Big Brother simplemente no tendrá límites.